Anaís Vargas: en la libertad está la paz



Hay una versión de Anaís Vargas que muchas personas creen conocer. La que aparece en fotografías, eventos y redes sociales. La mujer impecable frente a una cámara. La empresaria. La madre. La candidata que hoy se prepara para competir en uno de los certámenes de belleza más importantes del país.

Pero cuando se le pregunta quién es Anaís cuando desaparecen todos esos títulos, su respuesta tiene poco que ver con esa imagen perfectamente construida.

Habla de familia. De cocinar. De atender a las personas que quiere. De andar con el pelo recogido, de levantarse temprano para trabajar y de esos días en los que simplemente no alcanza el tiempo para arreglarse. Se describe como extrovertida, noble, familiar y, sobre todo, profundamente humana.

“Hay una Anaís que, al salir de esa relación, floreció”, asegura. Una mujer llena de imperfecciones que, reconoce, no siempre coincide con la que se ve a través de una pantalla.

Quizá sea precisamente ahí donde comienza la historia que hoy quiere contar. No con una corona. Con una decisión.

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Empezar de cero

Separarse fue, según Anaís, una de las decisiones más difíciles que ha tomado en su vida.

No ocurrió de un día para otro. Fueron días de miedo, angustia y preguntas sobre qué sucedería después. Especialmente porque ya no estaba tomando decisiones únicamente por ella: también era madre.

El mayor temor era empezar de cero.

Durante ese proceso encontró apoyo en su familia y en personas que la ayudaron a entender que una separación no tenía que significar el fracaso de un hogar ni que debía permanecer en un espacio donde no era feliz.

Anaís tampoco construye alrededor de esta nueva etapa la narrativa de quien asegura haberlo conseguido todo sola. Al contrario, reconoce abiertamente a quienes estuvieron presentes cuando más los necesitó.

“No lo hice sola”, afirma al recordar cómo su familia y las personas correctas la ayudaron a dar los primeros pasos para construir una nueva vida y también su propio negocio. Empezar de cero seguía dando miedo. La diferencia era que ahora estaba dispuesta a hacerlo.

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Tener algo propio

Durante mucho tiempo, Anaís había construido gran parte de su vida alrededor de otros roles. Se casó joven, se convirtió en madre y encontró en el hogar una parte importante de su identidad.

No se queja de esa etapa. Pero llegó un momento en el que entendió que quería construir también algo que le perteneciera.

Su hijo fue una de sus grandes motivaciones. Anaís habla de legado y de la necesidad de mostrarle que su mamá podía ser muchas cosas. Ser ama de casa nunca fue, para ella, algo menor; simplemente comenzó a reconocer que dentro suyo existían otras inquietudes que también quería explorar.

“Yo soy mucho más que ser mamá y ama de casa”, dice.

De esa búsqueda también nació su faceta empresarial. Tener un negocio propio significó enfrentarse a una realidad completamente distinta. Ya no había alguien más a quien trasladarle inmediatamente un problema. Había decisiones que tomar, responsabilidades económicas, obstáculos inesperados y días que todavía hoy pueden estar acompañados por ansiedad.

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Pero dentro de todo ese caos apareció algo que para ella tiene un significado enorme.

“Yo resuelvo.”

Son dos palabras sencillas, pero dentro de su historia contienen mucho. Resolver significa decidir. Equivocarse. Buscar alternativas. Tener problemas y saber que puede enfrentarlos. Significa descubrir capacidades que durante años no sabía que tenía.

“Antes tenía que depender de otra persona para poder resolver y ahora lo hago yo. Jamás me imaginé poder hacerlo”, reconoce.

Para Anaís, eso también es libertad.

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Aprender a elegirse

Hablar del divorcio inevitablemente abre la puerta a una parte vulnerable de su historia, pero Anaís no parece interesada en convertir ese capítulo en una reconstrucción pública de lo sucedido dentro de su matrimonio.

Su reflexión está en otra parte. En quién era entonces y en quién comenzó a convertirse después.

Durante años, cuenta, colocó la felicidad y la estabilidad de otras personas antes que la propia. Muchas decisiones comenzaban con una pregunta: qué pensaría alguien más, si se molestaría, si estaba haciendo lo correcto ante los ojos de los demás.

También habla con franqueza de una autoestima que llegó a estar “por el suelo”.

El divorcio terminó convirtiéndose en una oportunidad para replantear incluso la palabra fracaso.

Para ella, la separación no significó haber fracasado en la vida. Dice haber ganado aprendizaje, confianza y valentía. Características que asegura no había podido descubrir plenamente porque el miedo ocupaba demasiado espacio.

“No fracasé en la vida, sino que gané mucho más”, reflexiona.

Tal vez por eso, cuando intenta explicar todo lo que ha encontrado después de atravesar una de las decisiones que más miedo le produjo, termina llegando a una conclusión mucho más sencilla:

“En la libertad está la paz.”

Habla de la libertad de tomar decisiones. De poder mostrar distintas versiones de sí misma. De hacer cosas que antes no se permitía. De recuperar una personalidad extrovertida que siente que había quedado relegada durante años.

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“Encontré paz en esta libertad”, dice. Una paz que terminó revelándole “una mujer que yo no conocía”.

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Ser mamá sin dejar de ser Anaís

La maternidad atraviesa prácticamente todas las decisiones de Anaís.

Su hijo aparece cuando habla de sus motivaciones, del miedo a separarse, del futuro que quiere construir y del ejemplo que espera dejar. Pero precisamente porque ser madre ocupa un lugar tan importante en su vida, también ha tenido que aprender que la maternidad no necesita borrar todo lo demás.

“Tengo que ser algo más que mamá”, afirma.

No se trata de restarle importancia a ese rol. Al contrario. Para Anaís, construir una vida propia también es parte del legado que quiere dejarle a su hijo. No quiere que su historia pueda resumirse únicamente en una palabra. Quiere sumar títulos, experiencias, proyectos, errores, aprendizajes y versiones de sí misma.

A sus 32 años se ha permitido hacer cosas que tiempo atrás no imaginaba: pararse frente a un público, modelar, aparecer en televisión, dar entrevistas, conducir eventos y dirigir su propia empresa.

Y en esa decisión existe también una ruptura con otra expectativa: la idea de que la vida de una mujer debería avanzar siguiendo un calendario perfectamente establecido.

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Cuando la edad deja de ser una instrucción

Anaís sabe que existen personas para quienes una mujer de 32 años, madre y divorciada no encaja necesariamente en la imagen tradicional de alguien que decide entrar a un certamen de belleza.

Ella misma lo reconoce.

“Yo tengo 32 años y no es socialmente correcto ante los ojos de muchos lo que yo hago ahora con mi vida”, dice.

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Pero es justamente esa percepción la que hoy cuestiona.

Ni la edad ni la sociedad, sostiene, deberían decidir dónde debe encontrarse una mujer en determinada etapa. Su participación en Miss Honduras aparece entonces dentro de una conversación mucho más grande. No como un intento por regresar a algo que “debió hacer” años atrás. Sino como otra experiencia que decidió vivir ahora. Porque puede.

Más allá de una corona

Anaís reconoce que ella misma tenía prejuicios alrededor de los certámenes de belleza. Desde afuera es fácil reducirlos a vestidos, maquillaje, fotografías y pasarela. Desde adentro, asegura, descubrió otra realidad.

Habla de las horas de preparación, las clases de oratoria, el entrenamiento, los proyectos sociales, los sacrificios económicos y el trabajo de mujeres que, además de competir, mantienen empleos, negocios o responsabilidades familiares.

Eso también modificó su percepción de lo que significa convertirse en reina.

“No gana la más bonita”, asegura. Para ella, la plataforma tiene sentido cuando una mujer logra conectar con otras personas, utilizar su voz y dirigir la atención hacia causas que considera importantes.

En su caso, esa plataforma también representa una oportunidad para compartir una historia con la que espera que otras mujeres puedan identificarse.

Mujeres que se casaron jóvenes. Madres que sienten que dejaron alguna parte de sí mismas en pausa. Personas que permanecen en determinados espacios porque comenzar nuevamente parece demasiado difícil. Mujeres paralizadas por el miedo al fracaso o por lo que otros puedan decir.

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Anaís conoce bien ese miedo. Durante mucho tiempo, admite, las críticas fueron una de las cosas que más la detenían. Su exposición pública y su relación anterior hicieron que algunas personas cuestionaran sus logros o asumieran que determinadas oportunidades llegaban gracias a conexiones.

Con el tiempo decidió dejar de construir su vida alrededor de esas opiniones.

“Si vos te dejás llevar de las críticas, al final no vas a crecer”, asegura.

Una historia que todavía se está escribiendo

Anaís Vargas no sabe si terminará este camino con una corona. Y quizá eso sea precisamente lo menos interesante de su historia. Porque el cambio que describe comenzó mucho antes de pisar una pasarela.

Comenzó cuando dejó de pensar únicamente en lo que esperaban otras personas. Cuando aceptó el miedo de empezar de cero. Cuando construyó un negocio. Cuando descubrió que podía resolver. Cuando decidió seguir siendo una madre presente sin renunciar a ser también una mujer con ambiciones propias.

Hoy quiere utilizar la visibilidad del certamen para trabajar por causas sociales y conectar con otras mujeres. Como parte de ese proceso también colabora con Reciclaje Diamante, un proyecto desde el cual busca promover una mayor conciencia sobre el reciclaje y su impacto ambiental y social.

Pero incluso antes de conocer el resultado de la competencia, Anaís tiene bastante claro cómo mide el éxito de esta etapa.

“No tengo seguro que gane este reinado, pero si una mujer se inspiró con mi historia, eso es una ganancia.”

Quizá ahí se encuentra también la razón por la que su historia merece ser contada ahora.

No porque Anaís Vargas esté intentando demostrar que una madre, una mujer divorciada o una mujer de 32 años puede llevar una corona.

Sino porque está descubriendo que ninguna de esas palabras tiene por qué decidir hasta dónde puede llegar.

Durante mucho tiempo, otras miradas ayudaron a definir quién era. Hoy parece mucho más interesada en descubrirlo por sí misma. Y en ese proceso encontró algo que, para ella, vale incluso más que cualquier título: la libertad de convertirse en quien todavía quiere ser.


Dirección creativa y realización: Jose-Vargas
Fotográfia: Fernando Tabora (FMedia)
Vestuario: Roberto Ramírez, Allen, Leya Boutique
Accesorios: Layka Jewlery