EVA: identidad, dolor y una Honduras que también existe



Ver EVA fue encontrarme con una película hondureña que, más allá de contar una buena historia, me hizo pensar en nosotros mismos: en nuestra forma de relacionarnos, en lo que todavía juzgamos, en lo que callamos y en todas esas estructuras que hemos heredado sin detenernos demasiado a cuestionarlas.

Dirigida y escrita por William Reyes, EVA llega a las salas hondureñas después de un recorrido por festivales internacionales y reconocimientos fuera del país. Es además la primera coproducción cinematográfica entre Honduras y Colombia. Pero después de verla, creo que su verdadero valor no está únicamente en esos logros. Está en la manera en que utiliza el cine para observar una realidad hondureña sin convertirla en espectáculo.

No quiero contar demasiado de la historia porque parte de la experiencia está precisamente en descubrir a sus personajes. La película sigue a Eva, una mujer trans que, después de una pérdida inesperada dentro de su familia, termina asumiendo nuevas responsabilidades. A partir de ahí comienza una historia sobre familia, duelo, afectos, identidad y, sobre todo, sobre las distintas maneras en las que aprendemos —o nunca aprendemos— a procesar lo que sentimos.

Una Honduras reconocible, pero nunca caricaturizada

Una de las primeras cosas que me atrapó fue la fotografía.

Tegucigalpa está presente todo el tiempo. La película fue filmada íntegramente en la ciudad, utilizando su geografía, sus sonidos y sus atmósferas como parte de la narración. Pero lo que me interesa es cómo la muestra.

Existe una tendencia, sobre todo cuando se quiere hablar de realidades sociales latinoamericanas, a enfatizar la precariedad, la violencia o lo marginal hasta convertirlos casi en una estética. Aquí no sentí eso.

Hay realidad, pero hay también buen gusto.

Las locaciones no necesitan ser exageradas para explicarnos dónde estamos. Tampoco hacen falta grandes escenas de violencia para hacernos entender que todavía vivimos en una sociedad profundamente dura con aquello que considera diferente.

Los encuadres, la luz y la composición consiguen que Tegucigalpa se vea cinematográfica sin dejar de sentirse como Tegucigalpa. Para mí, ahí existe una diferencia importante.

No se trata de maquillar Honduras. Se trata de demostrar que nuestra realidad también puede ser contada con sensibilidad estética.

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Eva y una feminidad que va mucho más allá de su identidad

Algo que agradecí muchísimo es que Eva no está construida únicamente desde el hecho de ser una mujer trans.

Su identidad importa, claro, pero no es lo único que tiene para ofrecer como personaje.

Tiene responsabilidades, deseos, frustraciones, relaciones, afectos y contradicciones. Trabaja, cuida, ama y también se cansa. Es una persona antes que un símbolo.

Y curiosamente, mientras veía la película, Eva comenzó a recordarme a muchas mujeres hondureñas.

Esas mujeres que, cuando algo sucede dentro de una familia, parecen convertirse automáticamente en quienes deben mantener todo funcionando. Las que cuidan al niño, solucionan la emergencia, preparan la comida, acompañan a quien está sufriendo y cargan con responsabilidades que nadie les preguntó si querían asumir.

Para mí Eva termina representando algo muy cotidiano en Honduras: esas madres que muchas veces se vuelven madres de otros sin haberlo planeado.

No necesariamente porque exista una obligación, sino porque existe empatía.

Y ahí está una de las cosas más bonitas que encontré en el personaje.

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Los hombres también son víctimas del machismo

Pero quizá una de las lecturas que más me interesó durante la película no estaba directamente en Eva, sino en su hijo.

Vi a un hombre atravesando un dolor enorme sin tener realmente las herramientas emocionales para entender qué hacer con él.

Y no pude evitar relacionarlo con nuestra propia cultura.

Hemos construido durante generaciones una idea bastante limitada de lo que significa ser hombre. El hombre tiene que ser fuerte. Tiene que resolver. Tiene que trabajar. Tiene que aguantar.

Llorar demasiado es debilidad. Hablar de sentimientos puede convertirse en motivo de burla. Mostrar vulnerabilidad todavía es interpretado, en ciertos espacios, como una amenaza a la masculinidad.

El resultado son hombres que muchas veces sienten muchísimo, pero no saben qué hacer con eso.

Creo que EVA consigue mostrar esta realidad sin convertirla en un discurso evidente. Está en los comportamientos, en los silencios y en la manera en que algunos personajes reaccionan ante situaciones que emocionalmente los superan.

Y eso me llevó a pensar en algo: el machismo no solamente afecta a las mujeres. También construye una prisión emocional para los hombres.

Lo interesante es que Eva parece comprenderlo.

En lugar de exigir respuestas inmediatas o de convertir el dolor ajeno en una batalla, existe dentro de ella una capacidad de dar espacio. De entender que cada persona procesa una pérdida de manera diferente.

Tal vez sea porque ella misma ha tenido que aprender durante toda su vida lo que significa existir en un mundo que constantemente espera que seas otra cosa.

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Cuando la discriminación no necesita violencia

Otro acierto de la película es la manera en que presenta la discriminación.

No necesita una enorme confrontación para que la sintamos.

A veces basta una mirada, una palabra, un tono de voz o la manera en que alguien decide tratarte cuando podría simplemente hacerlo con dignidad.

Hay una escena en un espacio público que me impactó precisamente por eso. Eva está ayudando, actuando desde la empatía, haciendo exactamente lo que cualquiera consideraría correcto. Y, aun así, alguien encuentra la manera de recordarle que para ciertos sectores de nuestra sociedad ella sigue siendo vista como menos.

Eso me pareció profundamente hondureño.

Existe una forma de discriminación que no siempre grita. A veces simplemente intenta incomodarte. Hacerte sentir que estorbás. Recordarte que alguien cree tener un pequeño poder sobre vos y decide utilizarlo.

Y probablemente por eso la escena funciona tan bien: porque muchos hemos reconocido esa sensación en espacios donde, paradójicamente, todos deberíamos recibir el mismo trato.

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Amar también requiere valentía

La película también aborda otra realidad muy conocida: las personas que viven sus deseos desde el miedo.

Ese hombre que puede amar en privado pero todavía no tiene la valentía de hacerlo públicamente.

No necesariamente porque no quiera a la otra persona, sino porque sabe perfectamente cuál puede ser el precio social de salirse de la norma.

Y ahí la película vuelve a colocar dos dolores frente a frente.

Por un lado está quien tiene miedo de ser juzgado.

Por el otro está quien termina sintiendo que solo merece ser amado a escondidas.

No creo que la película busque darnos una respuesta sencilla sobre quién tiene la razón. Y eso me gusta.

Porque en la vida real muchas veces no existe un villano perfectamente definido. Existen personas intentando sobrevivir dentro de estructuras culturales que han aprendido desde niños.

Eso no elimina el daño que provocan.

Pero sí nos permite entender de dónde viene.

Una película que confía en su audiencia

En términos de producción, EVA me parece una joya.

Especialmente por su dirección de fotografía.

Hay planos donde uno siente que está dentro de la escena observando una conversación que quizá no debería estar escuchando. Otros convierten situaciones completamente cotidianas en imágenes con una sensibilidad mucho más editorial y cinematográfica.

Pero lo que más rescato es la contención.

La película no necesita sobreexplicar.

No necesita hacer que Tegucigalpa parezca peor de lo que es para hablar de desigualdad. No necesita llenar la pantalla de violencia para hablar de discriminación. Tampoco necesita convertir a su protagonista en una caricatura del sufrimiento trans para generar empatía.

Confía en la historia.

Confía en los personajes.

Y confía en que nosotros, como audiencia, podemos completar algunas de las conversaciones.



El cine también construye identidad

Después de verla entendí por qué considero importante que existan películas como EVA.

No solamente porque necesitamos más cine hondureño, sino porque necesitamos más maneras de vernos dentro del cine hondureño.

Durante demasiado tiempo hemos pensado nuestra cultura desde un conjunto bastante limitado de imágenes, personajes e historias.

Pero cultura también es contar aquello que nos incomoda.

Cultura es observar cómo nos relacionamos.

Es preguntarnos por qué ciertos comportamientos siguen pareciéndonos normales.

Es permitir que personajes que históricamente han existido en los márgenes finalmente ocupen el centro de una historia sin tener que pedir permiso.

Y ahí creo que EVA representa algo importante para nuestro cine.

No porque sea una película perfecta ni porque una sola producción pueda redefinir toda una industria, sino porque demuestra que una historia hondureña puede tener sensibilidad, identidad, estética y profundidad sin intentar parecer una producción de otro país.

Puede ser hondureña y al mismo tiempo sentirse universal.

Su llegada a salas también representa el momento en el que una obra que anteriormente había circulado por festivales internacionales finalmente comienza su conversación con el público para el que también fue concebida: el hondureño.

Lo que me dejó EVA

Para mí, al final EVA habla de algo mucho más grande que la identidad de su protagonista.

Habla de las consecuencias de vivir intentando cumplir las expectativas de los demás.

Del hombre que aprendió que no puede llorar.

De quien ama pero tiene miedo de admitirlo.

De quien tiene que demostrar constantemente que merece ser tratado con respeto.

De las mujeres que terminan sosteniendo familias enteras.

Y también de esas personas que, después de haber sido juzgadas durante toda su vida, paradójicamente terminan desarrollando una enorme capacidad para comprender el dolor de otros.

Tal vez por eso Eva funciona tan bien como personaje.

Porque la película no nos pide que la veamos únicamente como una mujer trans.

Nos pide que la veamos como una persona.

Y quizá ese sea precisamente uno de los cambios culturales que necesitamos.

Que algún día lo diferente deje de parecernos extraordinario y simplemente podamos reconocerlo como parte de nosotros.

Porque el arte también sirve para eso.

Para mirarnos.

Para incomodarnos.

Para reconocernos.

Y para construir una identidad donde finalmente quepamos todos.