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Conversando con Daniela Fajardo: vestirse, incomodar y dejar de gustar


Vestirse nunca fue solo vestirse. Durante mucho tiempo, fue encajar. Fue gustar. Fue no incomodar demasiado. Y creo que todos, en algún punto, hemos pasado por ahí. Pero esta conversación no empieza hoy. A Daniela la conozco desde hace años. Desde ese momento en el que ambos estábamos explorando la moda desde lugares distintos, pero con la misma curiosidad. Yo desde mi propio blog, y ella desde Underegular, ese blog que construyó junto a Abraham Pacheco, mucho antes de que muchas cosas en la industria local siquiera existieran.

Por eso, sentarme a hablar con ella no se siente como una entrevista. Se siente como volver a una conversación que, de alguna forma, nunca se detuvo. Y es ahí donde entendés que Daniela no solo habla de estilo. Habla de identidad. De decisiones. De ese punto en la vida donde dejás de pedir permiso.


Antes de entender la moda, ya estaba buscando ser diferente

Hay algo que me llamó la atención desde el inicio: su historia no empieza en la moda, empieza en la intuición. Una tienda de segunda mano frente a la floristería de su mamá. Entrar, ver algo, comprarlo porque le gustaba. Sin etiquetas, sin discurso, sin saber siquiera que eso tenía un nombre. Era simplemente gusto.

Después vino lo otro: cortar vestidos, modificar piezas, hacerlas propias. Entender, sin teoría, que la ropa no era algo terminado — era algo que se podía intervenir. Y, sobre todo, evitar lo obvio. Ese momento en el que te das cuenta de que todo el mundo está usando lo mismo… y vos no querés verte igual.

Ahí empieza todo.


Crecer tratando de encajar

Pero crecer también es aprender reglas que no siempre son tuyas.

Daniela me hablaba de una dualidad constante: una casa donde lo “correcto” era verse femenina, arreglada, dentro de ciertos códigos. Y al mismo tiempo, una necesidad interna de explorar, de probar, de ir más allá de lo que se esperaba. No era solo una cuestión de ropa. Era entender que había una forma “aceptada” de verse, y que salirte de eso tenía consecuencias: comentarios, miradas, críticas.

Y eso pesa. Más de lo que uno quiere admitir.


El momento donde todo cambia

Hay un punto en la conversación donde todo hace click. Un novio que le decía cómo vestirse. Qué sí. Qué no. Qué “se veía bien”. Y una frase de sus papás que se le quedó grabada: si nosotros nunca te hemos dicho cómo vestirte, nadie más tiene derecho a hacerlo.

Ahí cambia algo.

Porque dejar de complacer no es una decisión estética, es una decisión personal. Y a partir de ese momento, vestirse deja de ser un ejercicio de aprobación y se convierte en un acto de afirmación.


Después viene otra etapa: trabajar en moda.

Y con eso, algo igual de importante: encontrar gente que piensa parecido. Personas que no necesariamente se visten igual, pero que entienden la libertad de ser uno mismo. Que no cuestionan, que no limitan, que no buscan encajar en una sola forma. Ese entorno hace algo clave: valida.

Y cuando alguien valida tu visión, empezás a confiar más en ella. Ahí el estilo deja de ser intento… y se vuelve lenguaje.


Hay algo que Daniela repite de distintas formas durante la conversación: el estilo no es fijo.

Depende del mood. De cómo te sentís. De lo que necesitás ese día. Hay días donde todo fluye, donde te sentís segura, donde el outfit sale solo. Y hay días donde no. Y son esos días — justamente esos — donde más necesitás vestirte para vos. Donde el look deja de ser solo imagen y se convierte en herramienta.

Para levantarte. Para sostenerte. Para recordarte quién sos. Incluso en los días donde no lo sentís tanto.


Daniela No busca verse bien. Busca verse ella.

Si tuviera que describir su estilo en una palabra, no sería “bonito”. Sería honesto.

Baggy jeans, Vans, denim sobre denim, jumpsuits de trabajo, capas, accesorios, anillos, bandanas. Un lenguaje visual que no busca aprobación inmediata. Y eso es intencional. Porque hay algo que me dijo que se me quedó: «Me gusta cuando la gente no lo entiende». Cuando cuestiona. Cuando critica. Cuando no encaja en lo esperado. No quiere verse como todo el mundo. Y definitivamente no quiere gustarle a todo el mundo.


En un lugar donde todos se parecen, ser distinto es una decisión

La conversación también toca algo incómodo pero real: el contexto. En Honduras —y especialmente en ciudades como Tegucigalpa— existe una idea bastante clara de cómo “deberías” verte. Y salirse de eso no siempre es fácil.

También está el tema de la moda local. De consumir lo de afuera, de repetir lo que ya existe, en lugar de construir algo propio. Daniela lo dice sin rodeos: «no podés decir que amás la moda si no apoyás lo que se hace acá».

Y eso va más allá de estética. Es cultura.


Al final, nunca fue sobre la ropa

Si algo me dejó esta conversación es esto: Vestirse no es el punto. El punto es entender quién sos — y tener la libertad de mostrarlo. Incluso si incomoda. Incluso si no todos lo entienden. Incluso si no es lo que se espera.

Porque tal vez ahí está el verdadero estilo.
En dejar de vestirte para gustar y empezar a vestirte para vos.